Es en Navidades cuando más odio a las personas. No a todas, solo a las que pasan por debajo de mi casa a estas horas. Luego la gente se pregunta porqué odio a los borrachos. A los PUTOS BORRACHOS. Cada 30 minutos pasa un grupito que se pega/canta/vocea y sobre los 15-20 minutos alguien tira un petardo. Uno de cada tres son de los gordos, de esos que hacen llorar a los bebés o ladrar a los perros que hay cerca.
¿Es posible que la gente no se de cuenta de esto? Es posible pero, ahora mismo, participar en esta 'eucaristía' es la única manera de ser aceptado en la sociedad. Sí amigos, esta sociedad en la que las mayores alegrías son debidas a los efectos del alcohol. Esta sociedad en la que cada vez más se pierde el respeto a los demás. Quizás este odio irracional se debe a vivir justo encima de la zona de vinos de mi ciudad. O tal vez tenga que ver con las historias que me cuentan mis hermanas sobre lo que sucede en los patios de los colegios en los que imparten clase.
Si pudiera bajar ahora mismo a degollar a los cuatro palurdos que pululan ahora por debajo de mi ventana lo haría. Bastantes episodios me he tragado de Urgencias como para que me dé asco eso ahora. Yo sería el malo, al fin y al cabo la sociedad va bien. Los profesores son pegados, las mujeres mueren a manos de sus maridos, se siguen cometiendo atentados terroristas y quemando indigentes con gasolina. Menos mal que los científicos pronostican que en el 2040 los casquetes polares estarán derretidos en su totalidad. Es posible que la solución a todo esto sea cogerme sistemáticamente una buena cogorza cada fin de semana, como el 95% de los estudiantes. De momento, ya son casi 24 años sobrio, y cada año todo va a peor.

