En nuestro primer año, nos surgió la oportunidad de tener nuestro propio gato. Resultó ser una hembra llamada Kenia, y La Patrona nos dejó quedarnos con ella, mientras la mantuviéramos suficientemente limpia (a ella y a la casa). Evidentemente, con el paso de los días cada vez nos daba más pereza cambiarla la arena (y menudos olores).
Llegó el momento de darla a otra persona, tras las amenazas de La Patrona con cortarnos la pilila y cosas así. Pero su hija, Majestades, pidió otro gato de la misma camada, para que la hiciera compañía. Le pusieron Oli por jugador del Real Oviedo, según tengo entendido.
El caso es que Oli se convirtió en el ser más humano de toda la pensión. El único que decía lo que opinaba del sitio, a pesar de no poder hablar. Pero vaya que sí opinaba, dejando de vez en cuando “regalitos” por la casa cuando algo iba como no quería. Todavía me viene a la cabeza cuando se subía en una de las sillas del comedor y apoyaba la barbilla en la mesa con una expresión de “la vida es una mierda”.
Le gustaba subirse a los alféizares de las ventanas, POR FUERA (y os recuerdo que vivíamos en un 3er piso). Raro es que no acabase haciendo el salto del ángel. Inlcuso a veces ponía la pata sobre la cuerda del tendal, como queriendo tantear el terreno. Una vez, hasta cazó una paloma él solito, y se puso debajo de la mesa de la cocina con su trofeo, bufando a todo aquél que intentara quitárselo. Sin duda fue un inquilino más de la pensión.
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- 14 de Junio de 2007 a las 9:35 am
Abe dice:
Psé, deberías haber pillado un perro grandote




