Ayer fuí a un concierto de Angela Brown. No la conocía, pero mi padre, que siempre está atento a estas cosas, vió que daba un concierto aquí, y me ofreció acompañarle. Realmente no hay demasiada información sobre ella en internet, y las que salen más arriba en google son otras Angelas Brown.

Al llegar al teatro Concha Espina se veía un buen cúmulo de gente. Había ido otras veces, pero esta parecía que tenía mucho tirón entre el público. Nos sentamos en una de las filas de delante y admiramos la simplicidad del equipo. A la izquierda una silla y dos teclados. Luego una guitarra Stratocaster con dos pedales de efectos y detrás un ampli Fender que gritaba “blues” por los cuatro costados.

A su derecha el kit de batería más básico que uno se pueda echar en cara y aún más a la derecha un bajo de 4 cuerdas. En el medio había un micro. Algo tan simple siempre es curioso en estos espectáculos, donde suele llevarse mucho equipo solo para impresionar. Entró la banda y tocaron una instrumental. Blues clásico. Tras esta canción entró Angela.

Las dos primeras canciones no sonaron demasiado bien, el volúmen estaba algo descompensado y algunos instrumentos distorsionaban un poco (especialmente la voz) y otros casi ni se oían. Pasadas las dos primeras canciones, todo empezó a sonar mejor, y los temas iban siendo más variados, con toques de balada o de gospel. Y todo sonando de vicio.

El teclista usaba dos sonidos, uno en cada teclado. El teclado de arriba con el típico sonido de órgano Hammond, y el de abajo con un Bright Piano. Y oye, tocando los dos a la vez sin despeinarse. Cualquiera que sepa tocar el piano sabrá que tocar dos melodías independientes es complicado. Y encima en dos pianos distintos. Además había el gamberro de vez en cuando y animaba al público, ¿qué más se puede pedir?

El guitarrista también era muy bueno. A lo largo de la canción se limitaba a tocar las partes rítmicas, y luego estaban los solos. Distorsionados o limpios, con tapping, escalas y todas las técnicas más clásicas en la guitarra. Más de un aplauso le cayó al terminar un solo.

El batería era el más viejo de todos, a priori, y era muy poco espectacular, pero muy preciso tocando exactamente lo que había que tocar. Según avanzaba la noche iba aporreando más la batería, pero siempre con más precisión y tempo que espectáculo. El bajo ahí estaba, no tocaba mal, pero no tenía nada destacable.

Y ella, pues cantaba bien, aunque prefería a los músicos. En las canciones más enérgicas solía levantar demasiado la voz y cantar poca melodía. En las lentas, sin embargo, sacaba una voz  muy bonita, dejando pasar mucho aire por la garganta. Y dos horas de concierto sin parar. De hecho, la mitad de las canciones las hicieron sin parar, pasando de una a otra con un pequeño arreglo.

Y no está nada mal teniendo en cuenta que ella tiene ya 57 años y algunos de los músicos (especialmente el batería) parecían más mayores. Pero “el que tiene, retiene” dicen, y en este caso han sonado perfectos. Ha sido de esos conciertos que te dejan con buen sabor de boca.